¿QUÉ SABEMOS?

Liderar por simbiosis: la realidad se impone

Artículo publicado en cat.economia

 

Seguramente en entornos complejos, volátiles y desgastantes es lógico que se produzca la reflexión básica de que cuanto más y mejor preparados estemos a nivel personal, mejor podremos desarrollar nuestras capacidades y asumir nuestras responsabilidades de liderazgo. Mejor podremos movilizar, fortalecer y guiar a nuestros equipos, a nuestra gente, hacia los objetivos perseguidos. De esta manera se ha destapado a nuestro alrededor una especie de fiebre por entender y llevar a la práctica esos aspectos que son claves para que una persona pueda ejercer un liderazgo responsable en su entorno, sea de la naturaleza que sea: empresarial, político o social.

Los que dirigimos equipos u organizaciones andamos muy atareados, no sólo en sacarlas adelante, sino en fortalecernos y mejorarnos a nosotros mismos. Leemos libros y artículos, asistimos a jornadas, visionamos las sesiones TED y nos encanta seguir en twitter a personas que nos estimulan con sus reflexiones periódicas llenas de sentido.

Aristóteles ya nos dijo que “somos lo que hacemos repetidamente, así que la excelencia no es un acto, sino un hábito”. Asumiendo tan sabia propuesta, hemos aprehendido que si conocemos a fondo la base de nuestra autoestima, si aprendemos a cuidarnos, a gustarnos y a valorarnos, si mejoramos el hábito de creer en lo que hacemos, aquí y ahora, y el de compartirlo con los demás, en definitiva, si nos reforzamos en las distintas dimensiones de nuestra naturaleza humana, entramos sin lugar a dudas en un proceso de espiral positiva que repercutirá en nuestra capacidad de liderazgo.

Al mismo tiempo no se nos pasa por alto que eso del liderazgo tiene un abanico de posibilidades muy amplio. Si, por ejemplo, tuviéramos que puntuar del 0 al 10 –máximo nivel de liderazgo en su ámbito–, a personas como Steve Jobs o Emilio Botín, seguramente no les asignaríamos la misma posición. Tampoco a Johan Cruyff o a Vicente del Bosque. Los segundos son unos grandes profesionales en sus respectivos terrenos, pero los primeros, además, generaron conceptos discursivos que han calado socialmente. ¿Quién no ha visto el discurso de Jobs en la Stanford University? (Si no lo has hecho y estás interesado en estos temas, tal vez sea recomendable que lo visiones).

Sin embargo, no me atrae especialmente este tipo de liderazgo. Tal vez porque en la mayoría de proyectos en los que he participado y se han alcanzado cambios realmente transformacionales los liderazgos nunca fueron exclusivamente personales. En entornos complejos como los actuales, los avances más significativos se alcanzan gracias a la práctica del liderazgo distribuido. Aquella en que distintos grupos, distintos equipos o comunidades, diversas personas conforman un ecosistema que hace posible, gracias a la iniciativa y a la implicación combinada de todos, progresar y alcanzar nuevas metas.

La mayoría estamos inmersos en esos ecosistemas. Nuestras propias organizaciones y empresas funcionan con esa lógica. Si tuviéramos que representar la realidad de las organizaciones y escenarios en los que operamos deberíamos ser sinceros y no dibujarlos como esquemas jerárquicos, sino como una constelación de diferentes núcleos. Cada uno luchando en su terreno y a su nivel, todos importantes para el conjunto, pero con un nivel de autonomía que debemos reconocer. ¿Acaso un Presidente podría sobrevivir si su equipo de atención al cliente no tomara buenas decisiones en el día a día de forma unilateral? Continuando con la metáfora, entonces ¿qué es lo que puede mantener unido un universo que consigue metas más elevadas si cada uno va “a su bola”? Pues una fuerza extraordinaria, que no se ve pero que permite mantener la unión del conjunto. La fuerza de la gravedad. No hay nadie, por muy capacitado que esté a nivel personal, que pueda ejercer esa bestial fuerza centrípeta en los demás.

Sólo ejercen esa fuerza las ideas.

Las ideas que unen a las personas. Las ideas que permiten, situadas visiblemente en lo alto de una montaña, atraer y movilizar a personas de muy diversas procedencias y condición. El liderazgo distribuido tan actual como resolutivo se basa en ello: en que diferentes agentes pueden trabajar de manera colaborativa porque les mueve la misma idea, el mismo propósito trascendente. Los pequeños y grandes retos que tenemos entre manos, nos llamemos “mi empresa”, “mi comunidad” o “mi mundo”, sólo pueden abordarse desde un liderazgo distribuido responsable y colaborativo.

A los que trabajamos en escenarios de liderazgo y gobernanza complejos la realidad nos ha demostrado que podemos transformar nuestro entorno de forma determinante en la medida que ponemos gran parte de nuestro foco en gestionar y liderar ideas.

No obstante, esa fuerza que siempre ha sido extraordinaria para el progreso humano parece de momento no ser atendida con el mismo interés entre profesionales y directivos como lo es el refuerzo de sus competencias y fortalezas personales. Además de interesarnos y preguntarnos sobre las dimensiones humanas que puedo mejorar personalmente debería preguntarme qué ideas estoy liderando y si pueden o deben ser reforzadas y modificadas de forma colaborativa. Si me preguntara cómo se construyen y cómo se socializan, cuáles son las variables que provocan una verdadera adhesión, el potencial para movilizar y compartir con los demás la lucha por nuevas metas se vería enormemente enriquecido.

La gran calidad humana y la gran calidad y fortaleza de las ideas compartidas son la simbiosis indispensable que permite liderar, progresar y transformar en positivo.

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