¿QUÉ SABEMOS?

Confundir la condición con el propósito corporativo

Publicado en CAT.Económica.

 

En las empresas y organizaciones necesitamos que todas las personas que condicionan de una manera u otra su devenir e influyen en la consecución de los objetivos, trabajen, aporten, contribuyan en una dirección común. Así es como conseguimos avanzar. Avanzamos en nuestros proyectos cuando más allá de lo que habíamos visionado y lo que perseguimos, conseguimos que el conjunto de los agentes, tanto internos como externos, se implique y contribuya con su aportación.

 

Sabemos por ejemplo que establecer un plan estratégico o un plan de viabilidad nos ayuda en el camino. Son herramientas funcionales de gran utilidad que marcan la pauta de lo que vamos a hacer, de cómo lo vamos a hacer y hasta dónde vamos a poder avanzar con los recursos de los que disponemos o podemos llegar a gestionar.

 

Sin embargo, muchas personas u organizaciones que ejercen el liderazgo obvian un factor importante. Tal vez sea porque el día a día de la gestión nos come, pero no por ello, por no tener espacio para reflexionar sobre la temática, deja de ser importante. Conseguir un escenario en el que los distintos agentes con los que nos relacionamos se alineen (miembros de nuestros equipos, colaboradores externos, personas que con sus decisiones nos dan o no licencia para operar en los diferentes escenarios), está demandado a gritos que cambiemos la perspectiva habitual y volvamos a la esencia.

 

Los que piensan que por tener definida la misión o visión ya tienen la pieza fundamental del alineamiento resuelta, se equivocan. Se equivocan si esa visión o misión están definidas desde la condición y no desde el propósito. Y para nuestra tristeza, la experiencia nos dice que la mayoría de las organizaciones empresariales siguen hoy en día definiéndolas desde la condición.

 

Obtener resultados positivos y poder repartir dividendos entre el accionariado, tener satisfechos a los clientes y a los trabajadores, mantener relaciones de valor con los proveedores, etc. no dejan de ser condiciones necesarias para la existencia y supervivencia de una organización. ¿Acaso resistiría una empresa si permanentemente tuviera pérdidas o maltratara a sus clientes, trabajadores y colaboradores? Pero que sean condición necesaria no significa que sean metas aspiracionales que ejerzan una energía positiva en las personas.

 

La adhesión, el compromiso, la ilusión, no tienen que ver con esos condicionantes. La mayoría de nosotras y nosotros lo sabemos porque lo hemos experimentado. Lo hemos experimentado porque en esencia somos humanos: necesitamos darle un sentido a nuestras vidas. Tener un porqué, como insistía Nietzsche, que nos permita hacer frente a casi todos los comos es lo que nos permite embarcarnos en las aventuras vitales de forma estimulante. Y nuestra actividad laboral debería ser una de las aventuras más estimulantes, a ella dedicamos gran parte de nuestras horas, sea desde un puesto directivo, desde la atención al cliente o prestando un servicio interno.

 

¿En cuántas empresas y organizaciones se ha descuidado regar el jardín por falta de tiempo? Porque de eso se trata, de regar el sustrato para que de él podamos obtener resultados llenos de vida. Regar el jardín es conocernos a fondo, saber que nuestra actividad más allá de los beneficios aporta un valor trascendente, profundizar sobre qué es lo que hace que nos sintamos orgullosos, entender el sentido que tiene levantarse cada mañana y seguir ahí. Hacer nuestro, aprehender y compartir cuál es el propósito que nos mueve (algo que va más allá de la profesión, la vocación, la pasión o la visión). Es en definitiva el sentido poético de nuestras organizaciones y empresas. Un sentido de trascendencia sin el cual la especie humana no hubiera llegado hasta aquí.

 

En nuestros escenarios laborales y profesionales no podemos permitirnos desterrar algo tan fundamental. Deberíamos ser conscientes de la necesidad de integrarlo como un eje estratégico básico de trabajo e incorporarlo de manera profesional, no colateral. Merece la pena y nos lo merecemos. Ejercer un liderazgo responsable, movilizar a los demás hacia un objetivo común; si nos ha tocado en la vida ese papel, no escatimemos tiempo a la definición y formulación correcta del propósito, menos aún a compartir y socializar el mismo en nuestro escenario relacional.

 

Seguramente las organizaciones que, independientemente de su tamaño y del sector en el que operen, sepan definir y compartir el sentido y el propósito que las impulsa hacia delante tendrán la posibilidad de seguir avanzando con energía en un mundo tan complejo como el actual. El resto, con el tiempo, tenderán a marchitarse.

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